dilexit te

Dilexit te: Una lectura con la mirada de Madre Adela: pobre con los pobres

Dilexi Te, “Te he amado” (Apocalipsis 3,9), da título a la primera Exhortación Apostólica del Papa León XIV. El texto fue iniciado por el Papa Francisco, en continuidad con Dilexit nos, y su sucesor ha asumido este proyecto para mostrar, como deseaba el Papa Francisco, la relación entre la fe y el servicio a los más vulnerables, así como el vínculo inseparable entre el amor de Cristo y su llamada a estar cerca de los pobres.

El texto invita a una conversión personal y estructural, reconociendo la pobreza en todas sus dimensiones (material, moral, social, espiritual y cultural), denunciando la inequidad como raíz de numerosos males, así como las «estructuras de pecado» y «una economía que mata» porque descarta a los débiles y valora la vida en función de la productividad. Finalmente, propone ver a los pobres no como problema, sino como «maestros del Evangelio», llamados a evangelizarnos con su vida y su sabiduría.

La exhortación del Papa León XIV no llega a nosotras como una voz lejana, sino que resuena con la familiaridad del ejemplo de nuestra Fundadora, descubrimos un eco profético de la vida y la misión de Madre Adela.

La llamada a la acción de Dilexit te resuena en el deseo misionero que consumía a Madre Adela: «Ardamos de amor por su gloria, para ganarle los corazones. Todo para Dios, todo por Dios» (306.3). Para ella, este amor no era un sentimiento abstracto, sino un impulso que se traducía en obras concretas. Lo demostró desde joven con su escuelita de catequesis para los hijos de los campesinos y su posterior dedicación a instruir a «las mujeres pobres» (346.10).

Su experiencia personal, marcada por la Revolución Francesa, el exilio y la estrechez económica, la fue educando en una vida sencilla y desprendida. Aunque provenía de una familia de la nobleza, aquellas circunstancias le enseñaron a mirar el mundo desde la fragilidad y le permitieron comprender profundamente la situación de los más necesitados. Esta pobreza vivida no la debilitó, sino que se convirtió en el terreno fértil de su misión apostólica.

La exhortación nos pide vivir un espíritu de pobreza auténtico, un espíritu que Madre Adela encarnó con pasión. Su exclamación recurrente, «¡Viva la santa pobreza!», no era un mero lema, sino una convicción arraigada en la confianza total en la Providencia, especialmente en momentos de dificultad. 

Ella entendió la radicalidad de este voto, reflexionando de un modo que nos desafía: «Nuestro voto de pobreza no sería más que un voto ficticio si deseáramos no sentir ninguno de sus efectos» (696.2). Este compromiso se manifestó en una solidaridad constante, compartiendo los bienes del Instituto incluso en los momentos de mayores apuros económicos, como lo expresó en la misma carta apenas citada, del 12 de diciembre de 1826: «El Instituto está acribillado de deudas… Pero sin embargo siempre hay que dar algo a los pobres: mucho cuando se tiene mucho, poco cuando se tiene poco«.

La lectura de esta exhortación es para nosotras ocasión de renovación personal y comunitaria, viviendo una pobreza que humaniza, libera y cuida, como hicieron nuestros Fundadores a ejemplo de María.

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