Entre el mundo de nuestros fundadores, y nuestra actual revolución digital, hay más de dos siglos de distancia. Guillermo José Chaminade y Adela de Batz vivieron las consecuencias de la Revolución Francesa; nosotros habitamos una cultura atravesada por la inteligencia artificial, las redes y la aceleración tecnológica. Y, sin embargo, al leer la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, sorprende descubrir cuánto conecta con la intuición fundacional marianista.
El Papa describe nuestro tiempo como un momento decisivo para la humanidad. Advierte del riesgo de construir una sociedad muy poderosa técnicamente, pero cada vez más frágil en lo humano: personas conectadas, pero solas; sistemas eficientes, pero incapaces de compasión; tecnologías inteligentes, pero relaciones cada vez más superficiales. Frente a ello, León XIV insiste en algo esencial: el futuro no se salvará sólo con innovación técnica, sino aprendiendo nuevamente a cuidar las relaciones, la fraternidad y el corazón humano.
El carisma marianista tiene aquí mucho que aportar.
El P. Chaminade reconocería enseguida el desafío. Él también vivió un “cambio de época”. Después de la Revolución, encontró una sociedad fragmentada y una fe debilitada. Y comprendió que la respuesta no podía ser el miedo ni la nostalgia, sino formar comunidades vivas que reconstruyeran el tejido humano y cristiano desde dentro. Por eso soñó con formar discípulos y comunidades capaces de generar nueva vida cristiana: personas capaces de vivir la fe en comunidad, sostenerse mutuamente y ser presencia de esperanza en medio del mundo.
Madre Adela completó esa intuición con un estilo profundamente evangélico: la amistad espiritual, la cercanía y el cuidado concreto de las personas. Sus cartas muestran una capacidad extraordinaria para crear vínculos verdaderos. En una época de incertidumbre, Adela supo construir familia espiritual. Y quizá hoy, en medio de una cultura digital donde tantas relaciones corren el riesgo de volverse rápidas, funcionales o impersonales, su testimonio resulta especialmente actual.
León XIV insiste en que ninguna tecnología podrá sustituir el valor de una relación humana auténtica. Y Madre Adela respondería probablemente con algo que ella vivió toda su vida: que las personas crecen cuando se saben amadas, escuchadas y acompañadas. Su “don de amistad” no era algo secundario; era una forma concreta de evangelizar y de revelar el rostro cercano de Dios.
Hay además otro punto donde la encíclica y el carisma marianista se encuentran estrechamente: la espiritualidad eucarística.
El Papa afirma que, en una cultura marcada por la dispersión, la velocidad y la virtualidad, la humanidad necesita volver a una espiritualidad capaz de reconciliar y hacer presente una verdadera comunión. Y propone precisamente la Eucaristía como escuela de humanidad. Allí aprendemos que la vida no se construye desde la autosuficiencia, sino desde el don; no desde el rendimiento, sino desde la entrega.
Madre Adela tenía una relación profundamente viva con Jesús Eucaristía. En sus cartas invita a “ir a menudo a sacar gracia de la divina Eucaristía” y a dejar que Cristo transforme el corazón (cf. 313.4). Para ella, la Eucaristía es la fuente de una manera nueva de vivir, de amar y de servir. Desde ahí nacía también su capacidad de cuidar a cada hermana, de sostener comunidades y de mantener viva la esperanza incluso en la enfermedad y la fragilidad.
Quizá eso es lo que nuestros fundadores descubrirían hoy en Magnifica Humanitas: que el gran desafío no es únicamente tecnológico, sino de raíz espiritual. Lo decisivo no será cuánto avance la inteligencia artificial, sino cuánto crezca nuestra capacidad de comunión.
Y quizá también ellos nos ayudarían a descubrir algo importante al leer la encíclica: que la respuesta cristiana nunca consiste en huir del mundo, sino en no temer ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo (MH nº 16). Chaminade y Adela no se encerraron ante las crisis de su tiempo. Fundaron comunidades, educaron, acompañaron jóvenes, cuidaron amistades, sostuvieron la fe de personas sencillas y pusieron a María en el centro como modelo de una humanidad plenamente abierta a Dios.
Hoy, el carisma marianista sigue respondiendo de la misma manera a la llamada del Papa León XIV: creando comunidades donde las personas vuelvan a sentirse acogidas; educando para la interioridad y el discernimiento; cuidando las relaciones humanas en un mundo acelerado; y recordando, desde la Eucaristía y el espíritu de familia, que ninguna máquina podrá sustituir jamás la fuerza transformadora de un corazón verdaderamente humano. La “magnífica humanidad” de la que habla León XIV tiene el rostro de María: una humanidad humilde, capaz de reconocer la acción de Dios en la historia y de tejer esperanza en medio de las transformaciones de nuestro tiempo.

